La fábrica de cretinos digitales

Desmurget, M. (2019/23 -5º ed.). La fábrica de cretinos digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. Barcelona: Península.

Portada del libro

¿Qué nos tiene que decir un neurocientífico, con reconocimiento internacional, de los riesgos que corremos con el uso abusivo de los actuales dispositivos digitales (tsunami digital, evangelio digital) en la nueva era que nos está tocando vivir –homo habilis, ergaster, sapiens, digitalis (e-generation, net generation…)-?

Nos proporciona esta oferta: la de una información todo lo exacta y honesta posible que facilite nuestra toma de decisiones -al ser una base fiable para la reflexión– con respecto a los múltiples comportamientos digitales en nuestras vidas cotidianas –usos virtuosos-. Parece pues que va a merecer la pena la lectura de esta obra. ¿No lo crees así? Comencemos, entonces.

Un primer hecho: la existencia de dos posturas manifiestamente antagónicas. Por un lado, los que asumen que el homo digitalis es el culmen de la evolución, las personas perfeccionadas frente a los dinosaurios de las eras predigitales – tecnofrenesí, viajantes de la industria digital– y por otro, los que entienden que estamos en presencia de la generación más estúpida -locura digital- de nuestra historia humana -alarmistas digitales-.  

Gracias a los conocimientos científicos -a la buena ciencia– tal vez sea posible conseguir una actitud de alerta y críticafecunda reflexión– que nos proteja de caer en la demagogia implícita en ambas versiones -ante la desinformación interesada el trabajo sin descanso para desmontar los cuentos y leyendas-.

Vamos con alguno de los peligrosos mitos:  los así llamados nativos digitales -que han crecido en la era digital- son competentes digitales. No se corresponde con la realidad. Además, convendría utilizar técnicas de evaluación de las competencias que nos proporcionen la relación beneficio/riesgo, que suelen, por desgracia, brillar por su ausencia. Sin embargo, resultan sumamente pertinentes.

También en nuestros días cobra especial preponderancia el dogma mediático de la blanda imparcialidad –falsa equivalencia,  engañosa neutralidad- que se muestra en los debates (los dos bandos) en los que participan, por un lado, investigadores o especialistas  creíbles, es decir, que dominan sobradamente su ámbito de conocimiento científico y no ceden a los chantajes económicos o sociales de los diferentes grupos -empresas- de presión y, por otro, contrincantes denominados expertos, que en el asunto que nos ocupa -sobreexposición a las pantallas– abundan por doquier, muy específicamente en el terreno de las redes sociales y de los videojuegos (incidencia en el desarrollo intelectivo, el rendimiento académico; relación con la adicción, la agresividad…). En general, para la ciudadanía, es difícil distinguir entre las fuentes competentes y las inadecuadas -desde un comienzo sesgadas: convertir la mala ciencia en titulares– y, muy frecuentemente, cercanas a los grupos de poder –lobistas-.

Pasemos ya a ver lo que nos dicen los datos científicos que hoy conocemos sobre cuatro aspectos de relevancia para el homo digitalis (el mundo feliz digital de momento no parece existir): a) el uso -básicamente lúdico– de las pantallas (dispositivos digitales) -¡qué vivan las tabletas desde la cuna! frente a nuestros niños/as pueden vivir perfectamente sin pantallas, al menos hasta los 6 años; en todo caso, poner normas en función de la edad funciona, tal como ponen de manifiesto los resultados de la investigación especializada-; b) su incidencia en el rendimiento escolar: los dispositivos digitales domésticos para actividades de ocio y los resultados escolares no casan bien y la relación de las TIC y el mayor rendimiento escolar no está sin más garantizado –excesivas distracciones y ruido-; c) en el intelectual: las pantallas no proporcionan  el alimento (humano) adecuado para el correcto desarrollo de las interacciones sociales, el lenguaje y la concentración (efecto deficitario del vídeo, interacción robótica, lenguaje amputado, aumento de los déficits lingüísticos, círculos viciosos, atención saqueada); d) en la salud -la agresión silenciosa: alteración del sueño, sedentarismo, contenidos de riesgo (tabaco, alcohol, obesidad, violencia…)-.

Por lo dicho, cabe inferir -con toda razón- que esta obra constituye una buena llamada de atención -muy documentada y bien escrita- con respecto a las sacrosantas obligaciones de la modernidad digital -no falta, como ves, la lúcida ironía-. Nos será pues de mucha ayuda para lograr un sano equilibrio valorativo.

Además, ya contamos con bastantes recensiones -sin duda complementarias- y con cuatro salas del museo digital –Un mundo cada vez más digitalizado– sobre este asunto: la incidencia -positiva y negativa- de la utilización de los distintos dispositivos digitales en nosotros y en las personas que conviven cerca de nosotros.

Quedas debidamente avisado/a -todo el libro es una manifiesta señal de alarma-, pues tu salud física y mental realmente nos preocupa. Las víctimas no son las culpables. No te resignes, en consecuencia, a ver como inevitable lo que no lo es. Estate ojo avizor -saludable toma de conciencia-. Suerte, amigo/a lector con un correcto y justo juicio valorativo y su correspondiente -consecuente- actuación comportamental.

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