Un nuevo contrato social
Juan Fernández Sánchez
octubre 13, 2026
Latorre, J. M. (2026, 2da. Ed.). Un nuevo contrato social. Gobernar un mundo con inteligencias no humanas. Madrid: Rosamerón.

Si es cierto que el nuevo contrato social no es una opción, sino una urgencia, entonces parece obligado estar debidamente informados -de la mano de un físico, especializado en computación cuántica e IA, con reconocimiento internacional-, pues nos puede suponer más de lo imaginado en este asunto.
Punto de partida: somos hijos del contrato social rousseauniano (1762). Ahora bien, estamos en los inicios del segundo cuarto del siglo XXI. Aquel contrato social -que no ha sido desarrollado en su plenitud- se está mostrado insuficiente para nuestros días, sobre todo tras la irrupción de la IA. Necesitaríamos, consecuentemente, uno nuevo –inteligente– en el que se dé cabida a la IA -moderada-, a la próxima IA general (IAG) e incluso a una superinteligencia/singularidad (SAI, un Singleton) -intelectualmente superior a toda la humanidad en su conjunto-, en el supuesto de que los dos últimos tipos de IA -IAG y sobre todo SAI- puedan ver la luz en el futuro. Se han de elaborar, pues, principios legales (supervisión humana -IA auditable…-, respeto a la privacidad, transparencia, trazabilidad -es una necesidad-, responsabilidad…), dentro de los cuales pueda ser fructífera una convivencia conjunta de la naturaleza, los humanos y las máquinas.
¿En qué son buenas y en qué no son tan buenas las IA -moderadas-? En la interpolación lo son -siempre con una buena base de datos, pues si no fuera así aparecerán sesgos y errores-, pero no así en extrapolación, precisamente por carencia de datos y entrenamiento a la hora de adentrarse en terrenos desconocidos. El sentido común, la profundidad, el razonar -en terra ignota– parecen más propios de la IAG que de las actuales IA, pero hay que dar tiempo al tiempo -ahora los LLM (grandes modelos de lenguaje), después también los LRM (grandes modelos de razonamiento)-.
No obstante, sí hay lugar para la mejora gracias, obviamente, a la creación de algoritmos más sutiles -capas artificiales de procesamiento (transformers)-. En este sentido, la IA ya está siendo maestra de sí misma (incorporación de la realidad artificial). En esta misma dirección, la mejora de esta IA se irá produciendo con la integración de aspectos derivados de la IA generativa (texto, audio, imagen, vídeo…), agentiva (transacciones… sujetas a la ley; la IA requiere, pues, regulación: certificación, validación, seguridad…-) y razonante (demostraciones…). En todos los casos la IA será tan buena como su entrenamiento. Pensando en el futuro: seremos testigos, muy probablemente, de una conexión global: todos y todo conectado -no habrá lugar, al menos en la Tierra, sin conexión: comunicación no semántica, típica de los diversos tipos de IA-.
Ante este panorama (futurista), ¿qué decir entonces del contrato social, tanto del que está en declive -el clásico: de la segunda mitad del siglo XVIII- como del nuevo -futuro-? Con respecto al antiguo/clásico -rousseauniano-: es un texto de su tiempo, pero que contiene reflexiones para el futuro -sobre la esclavitud, la propiedad privada, la libertad, la igualdad, la democracia/aristocracia… el pueblo es soberano-. Algunos de los principales problemas no resueltos en el marco del contrato social clásico: la corrupción, el exceso de burocracia/falta de eficiencia, la inseguridad, la inmigración, la desinformación, la polarización…
¿Sería posible un nuevo contrato social, dentro de la zona templada, que sea acogedor de los matices (voluntad e inteligencia colectivas…)-, de modo que nos posibilite la mejora del clásico y que, a su vez, sea capaz de dar soluciones a nuestros problemas actuales? He aquí la propuesta, asentada en tres pilares: la naturaleza (contrato natural: si la Tierra no sobrevive ningún humano la podrá habitar), los humanos (contrato civil: libertad, igualdad, satisfacción de las necesidades básicas de los ciudadanos…) y la IA (contrato inteligente: principios básicos de cómo se relacionan los humanos con la IA, que esta esté sometida a la Voluntad General y con el establecimiento de sus derechos y deberes). Este último pilar es el más novedoso de los tres. Los humanos vivirán bien cuando todo el ecosistema -sano e inteligente- esté a su lado (los tres pilares han de estar debidamente incluidos).
Ha llegado, por tanto, la hora de ponerse a trabajar en una nueva Declaración de Principios –consensuados-. La IA ha de formar parte necesariamente de los tres órganos -legislativo, ejecutivo y judicial- del Estado. Tarea nada fácil de llevar a cabo, pero no imposible. Si no se intentase, entonces sí acabaría siendo imposible. De momento, por lo menos, reflexionemos sobre esta reciente tecnológica incorporada a nuestras vidas. Ello implica que seremos capaces de detectar tanto buena parte de los peligros -existenciales: suplantación de humanos por seres artificiales, transición excesivamente rápida, un gobierno tecnooligarca…- como de sus ventajas -el aumento de nuestras capacidades-. No perdamos pues más el tiempo: empecemos a indagar, a pensar, a eliminar nuestros temores. Eso sí: hagámoslo juntos (un mundo con IA y, también, sin IA -humano-). Muy aconsejable esta lectura, netamente divulgativa.