ACIPE
ACIPE Asociación Científica de Psicología y Educación
Reseñas

La era del diagnóstico

Juan Fernández Sánchez

mayo 22, 2026

O’Sullivan, S. (2025). La era del diagnóstico. Cómo la obsesión médica por etiquetar nos está enfermando. Barcelona: Ariel.

Portada del libro

Ya hemos recensionado otro de sus libros. Sin duda, valoramos sus aportaciones, dado que nos vienen resultando de utilidad para nosotros -la ciudadanía: proyectos que importan- y para los especialistas (médicos, psicólogos…), llamados a cuidar precisamente de nuestra salud -física y mental-. En todo caso: ante todo no hagas daño. Se nos irá dando cuenta pormenorizada de ejemplos prototípicos -reales-, vividos -y estudiados- a lo largo de una experiencia profesional -neuróloga- de más de treinta años.

El doble asunto tratado: por un lado, el sobrediagnóstico -incluso correcto, pero sin beneficio para el paciente, o que le puede provocar daños: efecto nocebo– y, por otro, la sobremedicalización -uso excesivo o innecesario de fármacos, al no considerar la incidencia de factores sociales-, como fenómenos (sobrediagnóstico y sobremedicalización) que muestran un enorme crecimiento dentro de la medicina más desarrollada y actual, a escala internacional/mundial (sobredetección, fluencia diagnóstica). El producto: un análisis y una reflexión de quien sabe -competencia- de lo que está hablando, a fin de lograr una práctica médica mejoradabuen científico/a, buen médico/a-. Comencemos, pues, sin más dilación.

Si un diagnóstico no implica la cura, o que al menos disminuya la sintomatología, debería ser motivo de preocupación científica -de la buena ciencia-, sobre todo ante la larga lista de diagnósticos actuales -calificamos de enfermedad cada vez más cosas-, muy especialmente en todo lo relacionado con la salud mental. Es una realidad que la habilidad para diagnosticar (pruebas genéticas sin receta realizadas por empresas privadas… patologizar la normalidad) supera a la habilidad para sanar.  A esto ha de añadirse que el personal sanitario, en ocasiones, no ha asimilado la diferencia entre contar con una prueba predictiva positiva para una determinada enfermedad y padecerla (enfermedad de Huntington…).

La relación entre diagnósticos y enfermedades viene manifiestamente condicionada tanto por los falsos positivos como por los falsos negativos: no contamos con evaluaciones perfectas -y esto ha de ser tenido en cuenta: mundo de las probabilidades y del historial clínico; equilibrio entre subdiagnóstico y sobrediagnóstico-. La confusión y el ruido -abundancia de diagnósticos diferentes ante una misma situación- debieran obligar a los profesionales de la salud a ser más precavidos -y humildes (humildad científica)- en sus intervenciones curativas o preventivas. Si prevaleciera esta cultura muy probablemente saldríamos ganando: cambio de los círculos viciosos por otros virtuosos-, aunque para nada es fácil -si bien no imposible-.

Desde esta específica cultura (sirvan como ejemplos analizados: el TEA -trastorno/afección del espectro autista- o el TDAH -trastorno por déficit de atención con hiperactividad-), se debiera evitar el diagnóstico cuando este no beneficia a la persona o cuando causa más daño que beneficio -los diagnósticos no carecen de riesgos (estigma, profecía autocumplida, desesperación, tratamiento erróneo…), sabiendo, además, que los tratamientos tóxicos son una realidad-. Un problema al que no se le ha prestado la debida atención: que los que necesitan realmente el diagnóstico se vuelvan invisibles. Mal asunto. Otro aspecto preocupante: la medicina predictiva es muy reciente y abunda dentro de ella la incertidumbre -el asunto del sobrediagnóstico por cribado es difícil de resolver-.

Una buena pista de salida de las enfermedades, sobre todo en el ámbito de la salud mental: una fuerte identidad con la recuperación, procurando ser conscientes tanto de los puntos más fuertes como de los más débiles en cada caso -el enorme valor del historial clínico (especificidad de cada persona) y la correcta interpretación de los resultados (los datos no se autointerpretan)-. Se podría sintetizar en una transformación de los círculos viciosos en virtuosos: cuidado, pues, con los sobre y subdiagnósticos, junto con la sub y sobremedicalización. Este exigido equilibrio no es en modo alguno fácil, aunque vale la pena -y mucho- esforzarse para conseguirlo.

La unión del mundo profesional -práctico-, junto a una buena fundamentación teórica, como es el caso de esta autora, suele dar como resultado un buen producto, tal cual es posible constatar en este volumen. De ahí que su lectura resulte recomendable para quienes deseen gozar de una mejor salud física y mental.