¿Deseas convertirse en pensador -persona- influyente?
Juan Fernández Sánchez
septiembre 8, 2026
¿Te apetecería llegar a ser una persona capaz de influir en los demás? Pues entonces tal vez este breve volumen -no llega a las 200 páginas de pequeño tamaño- te pueda resultar de interés: Micali, S. (2026). Cómo tener éxito en filosofía. Estilos y estrategias para convertirse en un pensador influyente. Barcelona: Herder. Veamos hasta qué punto es posible.

Puedes llegar a ser influyente, sin duda, ¿pero a qué precio -personal y social-? Esta es una de las cuestiones fundamentales a tener en cuenta antes de iniciar el camino hacia ese tipo de fama. A los primeros que nos encontramos -críticamente analizados- son a los profetas de la distopía –pasada– que, en tanto creyentes, piensan que pueden crear un público de iniciados deseosos de compartir su saber privilegiado con tintes escatológicos -estilo enrevesado, críptico…-. Mal asunto. Habría que pensárselo dos veces.
Continuamos con el pensamiento que el autor denomina dromo-espectacular, caracterizado por la velocidad, el entretenimiento y la sorpresa. Se trata de deslumbrar casi a cualquier precio. Si bien se mira, puede ser una manera de perder la carrera antes incluso de iniciar la salida. Atentos, pues.
Otro ejemplar de los estudiados es el del pensador-marca (estilo): su reducción a un eslogan (sociedad digital: publicidad y promoción, seguidores, adicción, autopromoción, visibilidad, temas candentes). Su objetivo último: llegar a ser una figura con reconocimiento, a ser posible universal -estatus de celebridad-. Sucede que se puede remar demasiado para acabar muriendo en la orilla.
Un aspecto que puede vertebrar el aparente éxito de estos tres tipos analizados (profetas, dromo/espectacular y pensador/marca), tal vez resida en una paradoja: el culto a la experiencia especializada que, de algún modo, legitima la ignorancia general, que sirve así de inhibidor para las críticas fundadas a cualquiera de nuestros tres prototipos de pensamiento.
Pero sigamos -avancemos- con las estrategias de éxito utilizadas: A) La de la inversión simple -ofrecer una versión opuesta a la predominante (compleja) en el mercado académico de las ideas (parasitismo)-, que seduce cegando y ciega seduciendo. Muy probablemente, la dura y compleja realidad se acabará imponiendo. B) El complejo de soberanía: voluntad de soberanía por parte del proponente, que potencia en el lector el concepto de primacía (primeras veces…). Se crea así la sensación de encontrase con un descubrimiento muy importante, que es preciso etiquetar después como plenamente novedoso. La historia se puede encargar de hacer justicia. C) La identificación de la propia palabra con la cosa, que así se expresa. Demasiado pretensión tal vez. D) La crítica de las obras de los demás, partiendo del marco que uno previamente establece. Bastante fácil para poder casar con un mínimo rigor científico.
¿Qué hacer ante este panorama –engañoso-? Se puede aunar la caridad hermenéutica -actitud de generosidad inicial: otorgar el beneficio de la duda, la escucha debida- para después aplicar criterios rigurosos de evaluación (lo cortés no quita lo valiente). Gracias al empleo de estos criterios detectaremos, por ejemplo, el engaño de quienes utilizan únicamente aquello que refuerza la validez de sus propias posiciones, dejando apartado todo lo demás -distorsión y banalización de las ideas de los otros-.
¿Nos hallamos en nuestros días ante el silencio de los intelectuales -desterrados o difuntos-, tras una especialización miope, el auge de las redes sociales (frente al periodismo), el declive de la universidad -su transformación en una institución empresarial- y el predominio de una ansiedad constante por el hecho de no ser suficientemente visto/tenido en cuenta?
Ante la queja, en el libro, de la falta de signos de interrogación actualmente, tal vez una manera elegante -intelectual- de terminar lo expuesto -también se ha realizado al principio y durante el texto- sea justamente despedirnos con uno. ¿Cómo lo ves?