Tavris, C. y Aronson, E. (2020/25). Se han cometido errores (pero yo no fui). Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivocadas y actos dañinos. Madrid: Capitán Swing.

Hay libros que por los asuntos tratados –errores/equivocaciones– y por el modo –riguroso/psicológico– de analizarlos impactan en sus múltiples lectores (varias ediciones: desde 2007 hasta nuestros días), como ocurre en este caso. Dado que los humanos no somos en modo alguno inmunes a estas trampas del pensamiento –ni a la necesidad de reducir las disonancias cognitivas (pirámide de la disonancia cognitiva, de la decisión; descensos hasta la base de la gran pirámide de la autojustificación)-, pero sí podemos entenderlas y aprender a paliarlas o evitarlas -según se nos asegura-, valdría la pena que le dediquemos algo de nuestro tiempo, ¿no te parece? Procedamos en consecuencia.
Punto de partida: cuando contamos con la certeza de estar equivocados -los hechos, la dura realidad así nos lo constata-, se nos hace difícil decir: me equivoqué, cometí un error. Solemos preferir la frase frecuentemente pronunciada: se cometieron errores -pasado exonerativo, narrativas disfuncionales-. De esta forma, nos evitamos el tener que asumir responsabilidades, derivadas de nuestras equivocaciones -mecanismo de autojustificación: la disonancia cognitiva (sensación de malestar)-.
Si avanzamos, ya nos encontraríamos con los sesgos (de confirmación, autocomplaciente, de financiación/patrocinio…), los prejuicios (que surgen de la disposición de la mente a categorizar/estereotipar; basados en el etnocentrismo; sirvientes autojustificadores), los círculos viciosos (agresión que genera autojustificación, que genera más agresión…) o, por el contrario, los círculos virtuosos (acciones generosas que generan espirales de benevolencia y compasión).
A medida que seguimos adelante -para desvelar los mecanismos subyacentes a los esfuerzos de autojustificación– más nos vamos dando cuenta de que nos sería de gran ayuda conocer cómo funciona en realidad nuestra mente (atención sobre todo a sus puntos ciegos –realismo ingenuo-, por ejemplo, que alimentan nuestro orgullo -seguido de autojustificación- y que activan nuestros prejuicios). Si no somos conscientes de que los tenemos, nos hacemos más vulnerables a caer en sus redes –trampas-.
Si nos centramos concretamente en la memoria -que es un pilar fundamental de nuestra mente-, muy probablemente hayamos de concluir que en multitud de ocasiones no mentimos -cuando no decimos la verdad (no reflejamos la realidad: lo que realmente ocurrió)-, sino que nos estamos justificando a fin de resolver una disonancia cognitiva. La memoria aparece así como una historiadora que se justifica a sí misma, con sus específicos sesgos, con la confusión de fuentes en medio de una danza de la ambigüedad, mostrando a veces una exageración explicativa -los recuerdos que crean nuestras historias y estas a su vez los construyen-. Las guerras de las memorias siguen pues todavía vigentes.
Frente a la autojustificación (nidos protectores), parece oportuno -por lo ya indicado- utilizar la ciencia -la psicología (social) aquí-, en tanto mecanismo eficiente del control de la arrogancia -incluida también la de los profesionales y la de las personas dedicadas al desarrollo científico-. En otro ámbito importante de nuestra propia evolución humana -ontogenia: el de la convivencia/las parejas-, no son los conflictos o las diferencias de personalidad las causantes de la muerte del amor, cuanto básicamente la autojustificación -proteger más lo que somos (yo soy así, tengo la razón) que lo que hacemos; predominio de las teorías implícitas-.
En este libro, bien documentado, Tavris y Aronson, tratan de poner de manifiesto la necesidad de recurrir a la ciencia -la psicología– para evitar, por un lado, seguir cometiendo errores en nuestros juicios -personales y profesionales-, utilizando después básicamente la autojustificación -lógica perversa/colchón protector de la autojustificación- y, por otro, asumir nuestra responsabilidad de las implicaciones -en especial las negativas- de nuestras conductas -malas prácticas- en los demás -pacientes, alumnos, compañeros, acusados (doble tragedia de las autojustificaciones: condena del inocente, libertad del culpable)… y en la ciudadanía, en general-.
Muy específicamente, en el ámbito del sistema de justicia -en tanto ejemplo ilustrativo-, nos encontramos con que no sería la duda el problema (saludable consciencia de nuestros sesgos, de nuestros puntos ciegos cognitivos), sino más bien el exceso de confianza (certezas de la seudociencia). Esta es, por tanto, la cuestión verdaderamente relevante: ciencia frente a seudociencia. La corrección de la visión de túnel (autojustificación), que afecta a los humanos, podrá paliarse o superarse si dejamos entrar más luz: la proporcionada por los conocimientos científicos. Te esperamos, pues, del lado de la ciencia (educación sobre prejuicios, convivencia en la disonancia… equilibrar compasión y escepticismo, separar mensaje y mensajero, comportamiento e identidad, demagogia y democracia, desacuerdo y deslealtad). Anímate.
