¿No las conocías? Pues tal vez haya llegado el momento de informarse debidamente, ¿no? Parece que suenan como las guerras típicas del siglo XXI (redes de desinformación, artillería mediática/propagandística, narrativas manipuladoras –poder blando-, bombardear con mensajes, memes de rápida visualización y alto impacto emocional, enjambres de cuentas falsas, granjas/ejércitos de troles… guerra mundial virtual). ¿Será así? Desde el periodismo nos podrán poner al día, muy probablemente [Iriarte, D. (2025). Guerras cognitivas. Cómo estados, empresas, espías y terroristas usan tu mente como campo de batalla. Barcelona: Arpa.]. Su autor ha trabajado en medio centenar de países de cuatro continentes. Veamos, entonces, lo que nos tiene que contar -con fundamento, con cierto rigor científico-.

No existe una definición universalmente consensuada de guerra cognitiva. Ahora bien, sí se puede extraer un denominador común, como es el del cambio en la forma de razonar de los cerebros –marco mental: conquista de la mente-, mediante ingeniería social (arsenal de herramientas cognitivas: campo de batalla de las sinapsis, de los circuitos del cerebro –trols, bots, sock puppets-), que puede ser llevado a cabo por cibertropas -ciberextremistas (milicias digitales)-. Son ya varios los países que están a la cabeza de esta clase de guerras (batallas por las narrativas): Israel, Rusia, Irán, Estados Unidos, China, Reino Unido, Francia, Marruecos… Es difícil, pues, en nuestros días encontrar un solo país que, de un u otro modo, no esté implicado en este tipo de guerras digitales.
La manipulación digital es relativamente fácil y barata -desestabilización low cost– (soldados del ciberespacio, terrorismo transmedia, guerra cognitiva multinivel, armas de seducción masivas, fake news para desmontar otras fake news, mercenarios de desinformación…). De ahí su poderío actual –democratización de la desinformación: patrones de desinformación, represión digital, mercenarios al servicio de un determinado poder (profesionales que operan en las sombras en beneficio de quienes puedan pagarlo)-.
La desinformación se ha convertido así en un servicio de alquiler (campañas reputacionales negativas, intoxicación informativa…). La lista de empresas especializadas en guerras cognitivas de esta índole, en todo el planeta, es interminable. Los memes son un arma, cargada de futuro –guerras meme-. La manipulación de los sentimientos en redes está a la orden del día. Estamos hablando de una industria poderosísima –ejércitos de avatares, interferencias electorales (la trinchera perfecta), conspiranoicos –mentalidad conspirativa-, extremistas (cosmovisión bipolar), burbuja ideológica, cámara de eco…-. Los avances exponenciales tecnológicos auguran una nueva era de la falsedad -manipuladores profesionales…-, que puede convertirse en la realidad hegemónica -tendencia generalizada-. Malas perspectivas futuras, pues, para la verdad: la realidad apoyada por los hechos, que es compartida intersubjetivamente. La distinción entre hechos y ficciones ya no tendría sentido. Mal asunto.
Por lo ya dicho, parece que las guerras cognitivas están por doquier y no es probable que vayan a disminuir en el futuro. ¿Qué pensaríamos, dentro del planteamiento clásico, si el ejército enemigo nos pillase sin preparación, desprevenidos? Nos encontraríamos con un merecido juicio muy negativo, sin duda. Luego, saquemos la pertinente conclusión: hay que estar preparados. Leamos, entonces. Seamos después consecuentes en nuestros comportamientos de la vida cotidiana. Hemos de comprometernos seriamente en favor de la verdad -que es la esencia de la buena ciencia-.
