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Patogénesis

Kennedy, J. (2023/25). Patogénesis. Una historia del mundo en ocho plagas. Barcelona: Salamandra.

Comenzamos bien: la vida compleja en cualquiera de sus formas -incluida, por supuesto, la humana- es inconcebible sin los microbios (virus, bacterias…). Nuestro planeta es esencialmente bacteriano y nosotros unos okupas -ironía científica-. Cooperación por un lado y competencia/competitividad, por el otro, constituyen los grandes pilares de la evolución que nos posibilitan viajar -científicamente hablando- desde los seres unicelulares (bacterias y arqueas) hasta los seres más complejos -pluricelulares- de nuestro planeta. La lucha humana por la existencia se ha centrado más en el combate contra los microbios que contra los superdepredadores. Ahora bien, la cooperación la encontramos también entre virus/bacterias y nuestro cuerpo, nuestro cerebro e incluso nuestra mente -microbioma intestinal y mente-.

Dando un paso más nos encontraríamos -es el hilo conductor del volumen- con que los microbios también han condicionado -y mucho- el devenir de nuestras sociedades. La bidireccionalidad -condicionamiento circular- está, pues, servida/o. Procedamos entonces, paso a paso, por los ocho distintos tipos de plagas.

Paleolíticas. El ADN neandertal, asimilado mediante el mestizaje, ayudó al Homo sapiens a adaptarse a los nuevos patógenos encontrados en su emigración fuera de África (modelo veneno-antídoto de introgresión adaptativa). Cambiando lo que proceda cambiarse, algo similar ocurrió si tenemos en cuenta el mestizaje con los denisovanos. La bidireccionalidad es manifiesta en ambos casos y con el contexto vital -material y social-.

Neolíticas. A la revolución neolítica le siguió la revolución epidemiológica: la adopción de la agricultura sedentaria, el crecimiento de la población, el incremento del comercio supusieron una cierta edad de oro para los patógenos. Estos siguen actuando en nuestros días. La implicación es clara: la relevancia del mestizaje -hasta los europeos blancos son inmigrantes mestizos-.

Antiguas. Las enfermedades infecciosas tuvieron mucho que ver tanto en la desaparición de los dioses grecorromanos como en el auge del cristianismo y el islam. También incidieron en el fin la Pax romana. Las pandemias causaron, en general, más devastación entre los romanos que entre los bárbaros (peste antonina, cipriana, malaria, peste bubónica…).

Medievales. La peste negra (muerte negra, gran pestilencia, gran mortandad) tuvo en sus momentos una incidencia considerable -hedor de muerte, recurrente (sucesivas oleadas)- en el declive de la Europa medieval -murieron muchos millones de personas (duradera huella demográfica), con cambios sociales, políticos y económicos profundos- e, igualmente, fue relevante para el surgimiento del mundo moderno (el protestantismo -ética protestante: cambio de mentalidad-, el espíritu del capitalismo -maximización de beneficios-, el laicismo…).

Coloniales. Las epidemias en tierra virgen. Todas estas epidemias -viruela, sarampión, gripe…-, sufridas por los indígenas -inmunológicamente indefensos-, contribuyeron considerablemente a la conquista del Nuevo Mundo. La colonización europea de Norteamérica tuvo éxito cuando se contó con la ayuda de los patógenos del Viejo Mundo. En el caso de África, la quinina -contra la malaria- ayudó a los europeos a no morir en el intento de su conquista -el reparto de áfrica: instituciones extractivas-.

Revolucionarias. La aparición de la esclavitud en América y la ideología racista que la justificaba (supremacía blanca) no se pueden entender debidamente sin el análisis de las enfermedades infecciosas -sin la epidemiología: malaria, fiebre amarilla… pronto se enfermaba y se moría como moscas-. En la guerra de Secesión las enfermedades infecciosas ocasionaron el doble de muertes en soldados del norte que las armas de los confederados, pese a que la guerra fue finalmente ganada por los primeros.

Industriales. Hacen acto de presencia enfermedades infecciosas como la tuberculosis -transmisión aérea- o diarreicas -a través del agua- y una de las más clásicas -el cólera-, ocasionando miles y miles de muertes (millones) en los recurrentes brotes. Estas enfermedades supusieron un estímulo para la transformación de las infraestructuras físicas y sociales: abastecimiento de agua y alcantarillado (higiene y saneamiento), leyes, teoría microbiana de la enfermedad, vacunas, entre otras.

De pobreza. Pese a los innegables avances de la ciencia, todavía en nuestros días seguimos siendo víctimas (enfermedades y muertes) de epidemias (la mal llamada gripe española, VIH/SIDA, la pandemia del coronavirus -COVID-19-…) y de la pobreza (escandalosos desigualdades: rotavirus, tuberculosis…). Las enfermedades infecciosas (y también las no transmisibles) y la pobreza engendran manifiestos círculos viciosos de los que es muy difícil escapar -aunque no imposible, como es el caso de China-: se produce una retroalimentación. Los patógenos prosperan en la desigualdad y la injusticia. Parece imperativo, en consecuencia, que se reduzcan las desigualdades extremas y que estemos muy atentos a posibles amenazas futuras como la resistencia a los antimicrobianos.

Libro bien escrito y también bien documentado –fascinante-. Muy aconsejable. Te estimula a pensarcríticamente-, ofreciéndote un buen eje argumental para mejor entender la historia de la humanidad -unos sesenta mil años de historia-. Muy probablemente suponga para ti un cierto cambiopositivo: una comprensión más correcta/científica- sobre lo que ha sido nuestro pasado y quizá -lo más importante- te ayude a colaborar en el diseño del tipo de porvenir que debiéramos ir realizando.

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