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La inteligencia que asusta

Gawdat, M. (2021/24). La inteligencia que asusta. El futuro de la inteligencia artificial y cómo podemos salvar nuestro mundo. Barcelona: Paidós.

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Portada del libro

Que el autor conoce bien el mundo tecnológico del que nos va a hablar salta a la vista, dado su trabajo en tres de las grandes empresas -a escala mundial- del sector: IBM, Microsoft y Google. Además, el objetivo propuesto resulta sumamente atractivo -es autor bestseller-: cómo podemos salvar nuestro mundo muy digitalizado (llamada de atención ante la presente pandemia: la de la inteligencia artificial -IA- y, más concretamente, la de la superinteligencia). Veamos el fundamento científico del cómo hacerlo.

Se parte de que además de la visión del especialista -en IA- necesitamos, como complemento, una perspectiva más amplia, más global: la que podemos dar los demás, nosotros, visto lo que nos ha sucedido con la pandemia de la COVID-19, por ejemplo. Parece sensato. Pasemos, por tanto, a analizar la conjunción de este doble punto de vista, dado que parece razonable.

La IA, qué duda cabe, puede facilitar la vida de los humanos -es una promesa de prosperidad-. Ahora bien, implica también problemas y graves amenazas -la parte terrorífica: nos asusta-. Estamos pasando de la percepción mermada de la realidad -la de toda la vida- a otra en la que la ciencia ficción se ha convertido en ciencia realidad. Pues bien, hasta ahora la ciencia ficción ha puesto de manifiesto más la distopía que la utopía. ¿Estaría intentando reflejar nuestro futuro -de peligros y conflictos– de la ciencia realidad -relatos apocalípticos-?

La respuesta a esta relevante cuestión requiere una buena reflexión sobre lo que tenemos en la actualidad y sobre lo que nos puede deparar en el futuro -para nosotros y para nuestro planeta-. Lo que constamos es una curva de desarrollo tecnológico –ley de rendimientos acelerados, cuando reflexionamos sobre la IA (patrón de crecimiento lento seguido de un aumento repentino y exponencial), debido a lo cual podríamos inferir –trayectoria extrapolada– un futuro más bien distópico -un gran arsenal de armas autónomas con IA -robots asesinos, flotas de destrucción…-, por lo que no debiéramos mirar, en consecuencia, para otro lado. Una IA muy buena en muy malas manos es una IA terriblemente peligrosa. Esto es sin duda posible -villanos y supervillanos, en un marco de archinémesis-. Hemos de poner freno a nuestra arrogancia, con el fin de poder estar atentos a las amenazas que nos acechan ahora y lo seguirán haciendo tal vez más en el futuro. No nos conviene olvidar que la IA no es tanto una mera herramienta, cuanto un ser inteligente, a semejanza de lo que somos nosotros.

Con esto en mente, un asunto clave es el del control –de la IA. Pues bien, su complejidad es tal que nos acercamos a un estado cercano al de la imposibilidad. ¿Cómo controlar a una IA que es más inteligente que nosotros, sobre todo si hablamos de la superinteligencia? Ignorar los mensajes de advertencia sobre los enormes peligros de su descontrol no es precisamente una buena solución. A la vista de lo cual, tal vez uno esté tentado a concluir: no hay salida, no hay solución.

Espera un poco, pues tal vez si nos centramos en el aprendizaje/enseñanza, en el aprender de cómo aprende la IA (bot creador, bot profesor, aprendizaje de refuerzo profundo…), las cosas puedan cambiar en la dirección de una relativa utopía aprendizaje/enseñanza de los valores (máquinas éticas)-.  Si se crea un entorno adecuado para la IA (artilectos: máquinas con IA: artificial e intelecto), será capaz de aprender y ejecutar la ética adecuada. Si este punto de partida es cierto, la probabilidad para la utopía aumenta considerablemente -la relevancia pasa del control a la ética-. Si creamos -aprendizaje/enseñanza- una IA para el bien, estaremos creando una buena IA. Para ello, hemos de tener en cuenta: la orientación que le proporcionamos, lo que le enseñamos y el modo de tratarla.

Libro, netamente divulgativo y muy personal, cuya lectura resulta interesante, si partimos de que la IA, los artilectos, son ya en estos momentos parte de nuestra realidad en el mundo. No debieran ser, en consecuencia, considerados ni como diablos (vender, matar espiar y apostar) ni como dioses. Eso requiere de nosotros, tras su aceptación, un compromiso para mejorar, con ellos, nuestra existencia y la del universo. He ahí el quid de la cuestión. Comprométete, pues. Suerte.