Bregman, R. (2024/25). Ambición moral. Deja de malgastar tu talento y empieza a cambiar el mundo. Barcelona: Península.

La propuesta que nos presenta Bregman goza desde un principio de una validez aparente, que se materializará a continuación por las valoraciones recibidas –visión alternativa, cambio de vida, otro futuro es posible…- y por la multitud de idiomas a los que está siendo traducida su obra –más de una cuarentena-. Procedamos de inmediato para ver el fundamento –rigor científico– de lo que se nos va a ir proponiendo. ¿Te parece?
Comenzamos con el gran objetivo: contra el desperdicio del talento, el correspondiente antídoto de la ambición moral (disposición/deseo de conseguir un mundo mejor; dura realidad: cambio climático/efecto invernadero/calentamiento global… corrupción/desigualdades/pandemias…). Precisamente nuestro tiempo demanda sin duda una ambición moral, pues personas con relativamente buenos trabajos sienten que aportan poco valor añadido al mundo (no tienen ni siquiera la sensación de crecimiento personal…). En este contexto, tomar conciencia de la situación es imprescindible, pero en modo alguno suficiente. Hemos de pasar a la acción, que es la que más y mejor va a definir nuestra ambición moral –honor preferible a reputación-.
Si partimos del análisis de los comportamientos de las personas que ya han actuado guiados por la ambición moral, ¿qué patrón/perfil obtenemos? El gozne en torno al cual giran las acciones -el punto de partida- es un estado mental contagioso de ayuda (modo de mirar el mundo/actitud de compartir). En general, cabría afirmar que las acciones no se derivan del tipo de persona que eres -quién eres-, cuanto de la clase de acciones que realizas -quién llegarás a ser-.
Ahora bien, hemos de ser conscientes de que la ambición moral (emprendedores moralmente ambiciosos -ante la resistencia a los antibióticos, la carencia de agua potable, el racismo, el sexismo, la contaminación ambiental…-, pioneros morales frente a trivialidades lucrativas) se muestra de muy diversas formas. No hay una universal. Además, a veces, nos encontramos con un exceso de voluntad/buenas intenciones, como la mostrada por el Noble Perdedor -ilusiones/mitos: concienciación, buena intención, razones correctas, pureza, sinergia (utopía frente a apocalipsis; todo o nada), inevitabilidad-, pero con una enorme escasez de capacidades –laboriosa investigación: las misiones/objetivos tienen que funcionar (convertir las palabras en hechos y estos en resultados)-.
En la lucha contra la injusticia, ganar es un imperativo moral. Esta perspectiva supone un reencuadre moral -un idealismo realista: dejarse contagiar por el virus de la ambición moral (idealistas eficaces, emprendimiento en altruismo, organizaciones benéficas de alto impacto)-. En consecuencia, hacer el bien debiera ser contagioso (¿cómo puedo ayudar al máximo?). Ahora bien, surge en este contexto una pregunta importante: ¿existe una gran reserva de ambición moral sin explorar? Sin duda y, además, las circunstancias específicas actuales la demandan: todavía existe mucho sufrimiento -muertes, injusticias, desigualdades…- y opresión en el mundo.
Con un paso más ya nos encontramos con los cuatro ingredientes de la ambición moral: idealismo realista (se necesita un equipo/comunidad), ambición de creador (coraje), mente analítica (no podemos hacer del mundo un lugar mejor sin la ciencia) y humildad (típica del buen científico, por ejemplo: epistémicamente humildes). Con ello en mente, es posible lanzarse a ver -analizar- las necesidades jerarquizadas/priorizadas de este mundo. Seguidamente, hay que tratar de ser eficientes en su satisfacción –la financiación es imprescindible y la ignorancia deliberada rechazable–. Poco a poco necesitamos ir ampliando el círculo moral, englobando el mundo de los derechos de los que son diferentes, incluidos los derechos de los otros animales.
Ante lo indicado, una pregunta de relevancia: ¿los historiadores del futuro se sentirán orgullosos de los realizado por nosotros? Pensemos pues y, a continuación, actuemos consecuentemente, teniendo en cuenta que no se debería acabar quemado -es sin duda un peligro; hay límites (sé ambicioso, no perfecto)-. Y no te olvides de dejar un importante legado, el de la ambición moral, para una nueva generación de pioneros morales.
En síntesis, merece la pena echar un vistazo a lo que aquí -en este volumen- se nos revela. Suerte, entonces. Tal vez podamos asistir a un buen -significativo, existencial- cambio en nuestra manera de concebir la vida –de ser en este mundo-.
