La transformación de la mente moderna

Haidt, J. y Lukianoff, G. (2018/19). La transformación de la mente moderna. Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso. Barcelona: Deusto.

Portada del libro

Es difícil poder resistirse al encanto del título para cualquier lector que desee entender nuestros tiempos un tanto convulsos: cómo no vamos a querer saber en qué puede consistir esto de los cambios que está sufriendo la mente moderna, sobre todo si los análisis académicos provienen del campus universitario (preferentemente estadounidense), aunque, como señalan los propios autores, con probable aplicación al resto del mundo docente, incluido el no universitario (hablan de la contagiosa infección intelectual estadounidense).

Si, no obstante, quedasen algunas dudas sobre el interés de este volumen, el subtítulo las despeja al hacerse irresistible: de las buenas intenciones no se derivan automáticamente buenas acciones, sino que, en bastantes ocasiones, junto con las malas ideas, acaban en manifiestos fracasos (deterioro de la salud mental: síndromes sumamente actuales como FOMOfear of missing out; temor a perderse algo-; FOBLO – fear of being left out; temor a ser excluidos-), muy típicos de la IGen (generación Internet o generación Z). 

¿Cuál es el punto de  partida? Tres creencias infundadas (grandes falsedades), nocivas para toda la sociedad en general (crea personas más frágiles –menos resilientes-, más ansiosas e irritadas): lo que no te mata te hace más débil (falsedad de la fragilidad); confía siempre en tus sentimientos (falsedad del razonamiento emocional); la vida es una batalla entre las buenas y malas (malvadas) personas (falsedad de “nosotros contra ellos”: dualismo patológico, mentalidad de cruzada), es decir, el mundo de la antisabiduría (pensar, en definitiva, de manera distorsionada: los campus enseñan a desarrollar distorsiones cognitivas en vez de ser los gimnasios mentales preparados para acabar con ellas).

¿Cuáles son algunas de las implicaciones de esta antisabiduría (predominio de la  discordia y la división extrema, el catastrofismo, las alucinaciones consensuadas, la creciente polarización política y afectiva: pensamiento dicotómico -víctima y opresor- frente a un enfoque más inclusivo), que contradice tanto el conocimiento clásico como  la investigación actual de la Psicología y que perjudica por igual a los individuos y a las sociedades? Aumento de la ansiedad, de la depresión o de la tasa de suicidios, por señalar algunos de los problemas más representativos y mejor documentados. 

¿Hay algún remedio eficaz, aparte de las terapias cognitivo-conductuales con  las abundantes pruebas científicas de su eficiencia, ante esta nueva cultura de la ultraseguridad (safetyism; filtro burbuja: burbujas autoconfirmantes)? No ciertamente la sobreprotección bienintencionada (espacios seguros) o la hiperconexión digital. Sí los desafíos (dificultades; lidiar con la adversidad) e incluso cierto nivel de estrés (determinados estresores) que nos permiten aprender más y mejor, adaptarnos con más éxito a la vida real y crecer psicológicamente (volvernos más antifrágiles y menos ultrasensibles -las palabras son violencia– y menos obsesionados con la seguridad –culto a la seguridad-). Para ello necesitamos entre otras cosas: personas, sociedades y universidades más sabias, capaces de desterrar la educación paranoica, responsable del fomento de la antisabiduría y del modelaje del pensamiento distorsionado.

Por lo dicho, podemos inferir con cierto rigor que es muy probable que no vayamos a estar de acuerdo, académicamente hablando, con todo lo que se nos va diciendo capítulo a capítulo, pero sí podemos afirmar que vamos a gozar  de una lectura estimulante de la reflexión, que a la postre nos puede ayudar a tomar mejores decisiones para nosotros, para nuestra juventud y para nuestras sociedades futuras. Puede incluso fomentar en nosotros un rasgo de apertura a multitud de experiencias diferentes y enriquecedoras (ansia de nuevas ideas y experiencias que posibiliten cambios necesarios en las convenciones tradicionales contraproducentes) y que destierre, en lo posible, las falsedades (auto y hetero reforzantes) puestas bien de manifiesto en esta inspiradora obra.

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Un comentario

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    Miguel A. Mateo García

    No solo me parece sumamente interesante esta volumen, sino también la propia reseña firmada por el profesor Fernández Sánchez. Ya dice, desde antiguo, la sabiduría popular que ‘el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones’. Además, a mi entender no cabe duda de que la ‘antisabiduría’ (las ‘creencias infundadas’ de que habla el comentarista, la proliferación de ‘hechos alternativos’ en que basar una opinión o, lo que es peor, un conocimiento, las ‘fake news’ puras y duras, etc., todo brutalmente amplificado por las redes sociales), y un cierto ‘antielitismo’ asociado (que considera ‘elirtista’ todo lo que se sale de los senderos delimitados por esa ‘antisabiduría’), campan a sus anchas en estos tiempos, con las consecuencias de todo orden que pueden observarse por doquier.

    Pero éstas, como la rampante desigualdad socioeconómica o el crecientemente manifiesto ‘malestar difuso’ generalizado, no son algo ‘accidental’; no se trata de ‘daños colaterales’ derivados del presunto progreso, sino de realidades que se corresponden, de un modo natural, con la dinámica ‘normal’ de nuestra sociedad. Hemos (nos han) construido un mundo en el que lo único que importa es ‘hacer caja’, sin tener en cuenta para nada los posible ‘daños colaterales’ (no es nada personal). Evidentemente, en rigor esto solo es posible en una magnitud ‘significativa’ para unos pocos, privilegiados que, en gran parte, han partido de ‘condiciones iniciales ventajosas’, pero que se las han apañado para que ‘les hayamos comprado masivamente el producto’.

    En tal empresa, ha sido y es inestimable la contribución de una enorme cantidad de ‘funcionarios al servicio de la idea’, personas e instituciones muy bien cualificadas y remuneradas para elaborar no solo políticas, sino, lo que es aun más importante, también ‘relatos’ dirigidos a persuadir a tirios y troyanos de que ‘no hay alternativa posible’ (Thatcher dixit).Desde luego, los sistemas educativos, y en particular la universidad, no desempeñan un papel menor en ello, por más que no hayan sido, en modo alguno, las únicas ‘fuentes de referencia’.

    Un medio en el que lo prioritario es ‘tomar el dinero y correr’ es el hábitat natural para ‘organismos’ no solo individualistas, sino maracdamente narcisistas (‘porque tú lo vales’). Y en la formación y la consolidación de estas mentalidades contemporáneas seguramente no ha jugado un papel menor la psicología, con sus practicantes, sus centros de formación y, sobre todo, su concepto, único y ‘compacto’ de su principal objeto de estudio, a saber, el comportamiento de los eres humanos. No hay necesidad de poner en juego una gran perspicacia para notar la pobreza del concepto de ser humano al uso en nuestros lares, por no hablar del propio concepto de comportamiento o de la metodología convencional que pretendemos estar utilizando y enseñando. Si acaso, tratar sobre esto debe quedar para otra ocasión.

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