El orden del tiempo

Rovelli, C. (2018). El orden del tiempo. Barcelona: Anagrama.

Portada del libro
Portada del libro: “El orden del tiempo”

El autor, físico teórico, cuya actividad investigadora se enmarca dentro de la gravedad cuántica y más concretamente en la denominada gravedad cuántica de bucles o teoría de los bucles (uno de sus fundadores), nos ofrece una obra sumamente ilustrativa y apasionante sobre el tiempo,  tal cual ha ido concibiéndose en la física (desde la clásica a la moderna –cuántica y relatividad-) y cómo lo hemos ido viviendo los humanos a la largo de la historia hasta nuestros días (nuestro ser es ser en el tiempo; nos atañe, pues, más que al propio cosmos). La naturaleza del tiempo ha sido justamente el centro de atención e investigación a lo largo de su vida investigadora. El libro está escrito en un lenguaje muy sencillo, pues es también un buen escritor y divulgador.

            El primer paso es deshacer prejuicios: el tiempo no es un concepto unívoco. No hay un tiempo único, sino muchos. En cada lugar, el tiempo muestra ritmos diferentes (abajo hay menos tiempo que arriba: si las cosas caen es debido a la ralentización del tiempo). El tiempo también transcurre de forma diferente según la velocidad. Además, ninguna ley fundamental de la física cuenta con la flecha del tiempo (la diferencia entre pasado y futuro se desvanece; en la descripción microscópica no se diferencia el pasado del futuro). Sólo hace acto de presencia cuando hay calor. Pero, para colmo de la contraintuición, la afirmación literal del autor de que “hace más de 100 años que sabemos que el presente del universo no existe”. La noción de presente no funciona. En el universo no hay nada que podamos denominar razonablemente presente. El tiempo no es independiente del resto del mundo.

            ¿Qué se nos ha ido diciendo sobre el tiempo, por parte de los ilustrados y los científicos? Para Aristóteles es la medida del cambio; para Newton, por el contrario, hay un tiempo absoluto: existe incluso aunque nada cambie; para Einstein, el espacio-tiempo (curvo) es el campo gravitatorio. Hoy sabemos que éste debe tener propiedades cuánticas (mundo sin tiempo). El mundo es una inmensa y desordenada red de eventos cuánticos. Éstos interactúan incesantemente unos con otros. Es el acontecer del mundo. A esta escala (escala de Planck) sólo existe la interacción de cuantos que aparecen y desaparecen. Es el mundo sin tiempo de la física elemental.

            Luego, el tiempo surge de un mundo sin tiempo. ¿Cómo? Desde un estado macroscópico (como el nuestro) se elige una variable que posee algunas de las características del tiempo. El tiempo es fruto de un desenfoque  (tiempo térmico, entrópico  y cuántico) que se sustenta tanto en la infinidad de moléculas de los sistemas físicos como en la indeterminación cuántica. El desenfoque ignora los detalles microscópicos (el tiempo es ignorancia). La flecha del tiempo se debería más a nosotros (desenfoque) que al universo en sí, a la perspectiva concreta del rincón del mundo en el que vivimos (aquí el flujo no sería simétrico;  la entropía aumentaría; así percibimos el fluir del tiempo). Interactuamos con una minúscula porción del cosmos, vemos una imagen desenfocada de él. Así surge el tiempo del mundo sin tiempo. El tiempo estaría íntegramente en el presente (concepto local, no global), en nuestra mente, como memoria y anticipación.

            Para acabar, la honradez intelectual del buen investigador. Lo que está bien fundamentado es que la estructura temporal del mundo es distinta de la imagen ingenua que tenemos de ella (prejuicios). Ahora bien, cuando se ha defendido que el origen del tiempo reside en la no conmutatividad cuántica (posición y velocidad no son conmutables), en el tiempo térmico y en la posibilidad de que el incremento de la entropía que observamos dependa de nuestra interacción con el universo (desenfoque), estamos ante ideas que fascinan al autor que ha dedicado su vida al estudio del tiempo, pero que reconoce humildemente que no están en absoluto confirmadas.

            De todo buen científico podemos aprender no sólo lo que nos enseña (contenidos, información), sino cómo en su decir nos está descubriendo qué es la ciencia y cómo trabaja la ciencia, que en general no se corresponde con la idea común que tenemos de ella. Creo que la lectura de este trabajo, en  parte poético, nos hará más conscientes del mundo que nos ha tocado vivir y de nosotros mismos, pues como el propio Rovelli nos dice: el tiempo es la forma en que nosotros… interactuamos con el mundo; es la fuente de nuestra identidad.

Juan Fernández Sánchez

Autor: Juan Fernández Sánchez

Catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Primer responsable (Coordinador, 2013/14-2015/16) del Máster Oficial en Psicología de la Educación (UCM). Primer Editor (1998-2003) de la revista Spanish Journal of Psychology. Coordinador de la Comisión Nacional de Psicólogos Educativos (CIPES).